jueves, junio 14, 2012

¿Ajuste o protección del trabajo argentino?

Por:  Luis D’Elía


El mundo, por expresa responsabilidad del modelo neoliberal conservador pergeñado por los tecnócratas de las corporaciones financieras que, con mucha eficacia, supieron convencer a los líderes de los países centrales de las bondades que traería aparejada la construcción de un planeta para pocos, está sumergido en una profunda y prolongada crisis.

Mientras la vieja Europa abandona el Estado de Bienestar y se somete al escarnio que significa (película que ya vimos) el ajuste estructural permanente de los presupuestos nacionales, el cercenamiento de viejos derechos adquiridos por enormes mayorías populares, nuevos endeudamientos espectaculares de las economías locales terminan siendo meros asientos en el Banco Central europeo.

Una vez más, los más poderosos de Europa actúan como tales; convengamos que los principales acreedores de Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda son los banqueros alemanes y franceses. Resultado previsible: menos salud, menos educación, menos vivienda, menos bienestar para los pueblos periféricos de Europa.

Verdaderas rebeliones populares con los trabajadores a la cabeza forman parte de la agenda cotidiana: en algunos lugares se llaman “indignados”, en otros son las centrales obreras las protagonistas de la calle; y empiezan a aparecer de manera todavía incipiente nuevas expresiones político-electorales que a izquierda y derecha de los tableros buscan alternativas a la mirada dogmática que han tenido tanto liberales como social-demócratas o social-cristianos del deber ser de la economía, la cultura y la política de las últimas décadas.

El comercio exterior argentino es un avión que tiene cuatro motores: Europa, EE UU, China y Brasil. Y la verdad es que por efectos propios de la crisis mundial, que se expresa de distintas maneras en estas regiones y países, los cuatro nos están comprando menos, con las consecuencias que esto genera en nuestra economía.

En este contexto, Cristina Fernández de Kirchner impulsa el plan PRO.CRE.AR y la construcción de 400 mil viviendas en cuatro años –100 mil en el primer año–, con una inversión de 20 mil millones de pesos. Las tasas de los créditos ofrecidos son absolutamente blandas, las condiciones para calificar de los beneficiarios es generosamente amplia; y los mecanismos de adjudicación, absolutamente transparentes a través de la Lotería Nacional.

Para algunos nostálgicos como yo, más allá de los matices del programa y sus peculiaridades, el mismo nos recuerda al Plan Eva Perón de construcción de viviendas del primer peronismo, con el cual construyeron su casa centenares de miles de argentinos, entre ellos, mis padres.

Es conmovedor que el Estado Nacional ponga más de 1800 hectáreas de su dominio al servicio de este programa e invite a las gobernaciones y municipios a adoptar la misma conducta. Se abre así la magnífica discusión sobre las más de 900 mil hectáreas que poseen las Fuerzas Armadas a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, y que hoy son, como en algunos casos, campos de soja o canchas de polo. Estas tierras tienen que estar al servicio de la vivienda popular y, por qué no, de proyectos de recolonización de la Argentina, que nos permitan imaginarnos un país muy distinto al país megacefálico que concibieron los ingleses y sus ferrocarriles.

Mientras “los civilizadores” hablan de terminar la fiesta, de enfriar la demanda, de ajuste, y de menos derechos, Cristina apuesta al mercado interno, al consumo popular y a la movilización de más de cien gremios de la economía que giran en torno a la vivienda; apuesta a que el Mercosur y la UNASUR diseñen todas las medidas de protección en materia económica que resguarden el trabajo argentino y latinoamericano.

Mientras aquí buscan confrontar los sectores de la opulencia y el privilegio, los pueblos de Francia, Italia, Grecia, España, miran con admiración, esperanza y respeto el modelo nacional, popular y democrático, diseñado por Néstor y Cristina.


(Artículo originalmente publicado en Tiempo Argentino)

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