domingo, julio 22, 2012

francis ford coppola


A mediados del año 2004, mi querido amigo Néstor Piccone iba caminando por la Avenida Independencia de Mar del Plata. Lo intercepta una persona y le dice: “Vos sos amigo de Luis D'Elía, ¿no?”

Néstor contesta afirmativamente y la persona de marras le dice: “Entregále esto (un anónimo), es uno de los pocos tipos con pelotas que se va a animar a ir a fondo con el tema” (esto lo digo con el ánimo de respetar el relato y no de hacerme autobombo).

El anónimo decía básicamente que en el año 1992 se había perdido una causa en el Juzgado Federal 1 de Mar del Plata, cuya carátula era “Samuel Dlin/s. denuncia”, con número 2860; y que ese extravío explicaba el meteórico ascenso del doctor Julio Eduardo Pettigiani: primero candidato a intendente de Mar del Plata, después ministro de seguridad de la provincia, y finalmente ministro de la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos Aires. El anónimo también decía que esa causa vinculaba a Eduardo Duhalde con el narcotráfico y que Pettigiani la había “utilizado” en beneficio personal.

En ese entonces yo era diputado de la provincia de Buenos Aires y tenía la ineludible obligación constitucional de denunciar e investigar. Por eso, primero fui a Comodoro Py, respondiendo a una citación del fiscal Paulo Starck (ex subsecretario de Seguridad de Daniel Scioli), quien, después de citarme, inesperadamente me deriva al Juzgado Federal 1 de San Isidro y pacta una entrevista con la fiscal Rita Molina (conocida en la jerga judicial como "La Manzanera" por sus vínculos con la familia Duhalde).

Con el tiempo comprendí que esta jugada fue una trampa urdida por el entonces jefe de Gabinete de Ministros, Alberto Fernández. Rita Molina me recibió no sin antes decirme que era un bocón que hablaba sin fundamentos. Le dije que de ninguna manera, que me había llegado un anónimo vía una tercera persona y yo tenía la obligación, como diputado, de denunciarlo. Me acompaña al Federal 1 de San Isidro (Rita Molina), cuyo titular era por entonces, con carácter de subrogante, el doctor Juan Manuel Culotta, el que me toma la denuncia y me promete comprometerse con el tema.

No obstante, yo tomo contacto con el periodista de la revista Veintitrés, Carlos Liñán, quien me acompaña a la ciudad de Mar del Plata a llevar adelante algunas averiguaciones que él finalmente termina publicando como nota de tapa de la revista. Primero tomamos contacto con quien era el juez subrogante 12 años después en el Federal 1 de Mar del Plata, el doctor Rodolfo Pradas. Él nos recibe amablemente y nos dice que trabaja en ese juzgado desde que era meritorio, y que recuerda que efectivamente hubo una causa que generó mucho revuelo en épocas de Pettigiani, pero que no recordaba exactamente lo que había pasado. Nos pidió que le transmitiéramos al doctor Culotta que él estaba dispuesto a contestar por oficio y a colaborar plenamente con la investigación. Pocos días después el juez Pradas nos sorprendió a todos cuando enviaba de Mar del Plata a San Isidro un oficio que decía que efectivamente había no una, sino dos causas extraviadas, que llevaban los números 2860 y 10313, y que efectivamente caratulaban como “Samuel Dlin s/denuncia”. También nos mandó copia del libro de movimientos del juzgado, donde efectivamente constaban estas causas y, para profundizar la sorpresa, nos envió tres cassettes y copias con las desgrabaciones realizadas por el equipo de peritos de la Prefectura Naval Argentina, donde es nombrado Duhalde en reiteradas ocasiones y algunos de sus amigos de entonces.

Después supe, gracias al periodista Mauro Federico (Duro de Domar –autor de País narco, Editorial Sudamericana–), que esas escuchas investigaban las llamadas telefónicas entre el bar Colombia de Mar del Plata y la vicepresidencia de la República, que, por entonces, ejercía Eduardo Alberto Duhalde.

Durante un año y medio, el doctor Culotta con todos estos elementos se hallaba dispuesto a procesar al doctor Duhalde en momentos en que se designa titular de ese juzgado a la doctora Sandra Arroyo Salgado. Durante dos años más la jueza se niega a sobreseer a Duhalde y convoca a declarar a prominentes funcionarios judiciales como el doctor Ferro, actual presidente de la Cámara Federal de Mar del Plata, quien declara en línea con el anónimo, con el doctor Pradas y nuestras denuncias. Todo iba muy bien hasta que Sandra Arroyo Salgado pide licencia (creo que por maternidad) y nombran como subrogante al doctor Pássero, hijo del comisario general Jorge Luis Pássero –RE– (aquel que fuera jefe de la Federal de Menem-Duhalde), quien absuelve entre gallos y medianoche en 20 días y sin fundamento ninguno a Eduardo Duhalde con la connivencia de la fiscal Rita Molina (La Manzanera), que no apela el fallo y deja firme la sentencia absolutoria del hijo del comisario de Menem-Duhalde.

Mauro Federico, brillante periodista argentino, descubrió que Samuel Dlin por entonces era jefe de seguridad del casino de Mar del Plata y que hoy se desempeña como jefe de Seguridad del casino de Paraná, provincia de Entre Ríos.

La causa nunca fue reconstruida, nunca fue denunciado su extravío y lo que es peor aun, el juez al cual le desaparecen causas por narcotráfico hoy es ministro de la Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires.

Samuel Dlin nunca fue citado a declarar.

A partir de allí comienzan las denuncias de Eduardo Duhalde hacia mi persona por calumnias e injurias, donde soy absuelto en lo penal (me juzga la jueza del narcogate María Romilda Servini de Cubría, en un juicio escandaloso donde soy condenado a pagarle 4000 pesos a Duhalde (ja, ja) y absuelto finalmente en la apelación a la Cámara); y soy condenado en lo civil, al quedar firme el fallo de la Cámara de Casación, a pagar 150 mil pesos (450 mil actualizados y con costas) al honesto ciudadano de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Alberto Duhalde.

Quieran Dios y la historia (que en definitiva son la misma cosa) que en la Corte Interamericana con sede en San José de Costa Rica podamos encontrar la justicia que en los tribunales de nuestro país no pudimos encontrar.


Editorial por Luis D'Elía, publicado en Tiempo Argentino.

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